Narraciones Negativas presenta… Batman

Narraciones Negativas: Capítulo 02

La ciudad es sucia y gris. Hiede a miedo y desesperación.

Las altas torres de acero, piedra, granito y cristal no pueden ocultar el tufo de las alcantarillas que discurren bajo el esqueleto brillante, tan solo logran sacar a unos pocos elegidos por sobre la miseria generalizada, elevándolos artificialmente, facilitándoles el olvido de sus orígenes, de todo cuanto subyace a sus pies, enterrado entre callejones oscuros, lejos de las miradas incómodas de la élite.

Me aterra caminar solo entre las sombras de los rascacielos. No alcanzo a comprender cómo puedo sentir tal aislamiento en mitad de una población de miles… millones de personas.

El vapor inunda la calle convirtiendo algunos tramos en una auténtica réplica del Londres del XVIII. Escucho sirenas y veo sus luces transformarse en figuras fantasmales cuando atraviesan la niebla. Y me siento aún más solo.

Agarro la bolsa, colgada en bandolera, que contiene mis escasos útiles de trabajo. Una vieja grabadora de cinta –soy un romántico–, un bloc de notas, un bolígrafo y un par de tonterías más, entre las que se cuentan mi teléfono móvil. Lo hago como si ella pudiera sostenerme, llenar el vacío que siento, consolarme ante la indefensión que padezco como una enfermedad recién adquirida, espantando el pánico de mis cada vez más viejos huesos.

Ha sido mala idea venir hasta aquí. Muy mala. ¿Y todo para qué? Puede que pierda la vida en el intento de entrevistar una sombra, un mito, un icono de la América del siglo XXI. Alguien que no desea ser encontrado.

Pero no es la única mala idea que he tenido en las últimas horas. Abrazar la bolsa con tal desesperación ha despertado la curiosidad de los escasos transeúntes que me cruzo en el camino. Cuatro de ellos han comenzado a seguirme.

No puedo evitar mirar en pos de mí con nerviosismo. Intento recordar las técnicas de defensa personal que aprendí años atrás. Estoy convencido de que voy a necesitarlas.

Sus pasos resuenan cercanos… demasiado para mi gusto. El ritmo de éstos se entremezcla con el latido de mi corazón.

No pienses, limítate a actuar”, me repito una y otra vez, como una lección aprendida que jamás he ejecutado con especial maestría. “Prepárate para la acción y ruega porque no lleven un revólver”.

Mi caminar ligero, que casi ha terminado por convertirse en carrera, se topa con un muro que me cierra el paso. “¡Bravo, muchacho! Nervioso como estás, te has perdido y ahora ya es demasiado tarde. Te has encerrado con tus perseguidores. Tenías que haber venido de día, idiota. Claro que, de día, no suele dejarse ver”. Pienso en cualquier cosa que me aleje del momento… quizá del fatídico desenlace.

Observo las enmohecidas paredes mientras me vuelvo intentando disimular mi gesto con ánimo decidido. El olor putrefacto de la basura acumulada es insoportable. Odio reconocer que estos muros van a convertirse en mi tumba, perdido el secreto de mi deceso, como el de muchos otros a buen seguro, entre sus olvidadas grietas.

Cuatro pares de ojos me observan. Veo sus dientes brillar entre las sombras de la noche mientras curvan los labios negros en sonrisas malditas. Los depredadores tienen su objetivo justo donde querían. No han necesitado mucho esfuerzo para conseguirlo. Les he hecho todo el trabajo por mí mismo.

Me saco la correa de la bolsa por la cabeza con resignación. No voy a morir por cuatro tonterías cuyo valor resulta más sentimental que otra cosa.

Uno de ellos rebusca en el interior de su desgastada chaqueta. De repente veo algo refulgir gracias a la luz de un relámpago. Un destello de metal gris que me hiela la sangre en las venas. Tienen un arma. No van a conformarse con la bolsa. Ahora sí que estoy muerto.

Cierro los ojos y rezo una breve oración. “Acoge mi alma y perdona mis pecados. Siempre actué de buena fe. Tú lo sabes…” No me da tiempo a terminar.

Cae como una exhalación sobre mis adversarios. La pistola cruza por encima de mi cabeza trazando un arco que la lleva a estrellarse contra los raídos ladrillos que se levantan a mi espalda.

Sólo escucho gemidos ahogados y el desagradable chasquido de huesos al partirse.

Uno a uno, los miserables ladrones caen al suelo, como fardos de carne. Chocan sus cabezas contra la acera sin otro sonido más que el de sus cráneos golpeando el frío cemento.

La sombra se eleva ligeramente, adopta una posición briosa que denota una estirpe antigua y nada carente de orgullo.

Comentario

- ¿Estás bien? – su voz es un susurro ronco apenas audible.

- S-sí… – titubeo mientras me palpo el pecho. No sé si porque el corazón amenaza con salirse de mi caja torácica o porque quiero comprobar que no me ha alcanzado una bala de aquél revolver que, en realidad, nunca ha llegado a disparar.

- ¿Merecía la pena el riesgo? – me interroga con brusquedad. Ahora puedo observarlo en todo su esplendor. El uniforme gris se adhiere a su cuerpo como una segunda piel. La capa, de un azul tan oscuro que casi parece negro, ondea levemente al capricho del frío aire de la noche. En el pecho su emblema, una figura en forma de murciélago que atenaza el ánimo del espectador. Pero lo que más miedo da no es su vestimenta, sino sus ojos, perdidos en el hueco de la capucha que asemeja la cabeza de un roedor alado. Son inflexibles, imposiblemente oscuros, como dos pozos de perdición.

- ¿A qué… te refieres? – lucho por escupir cada palabra con un esfuerzo sobrehumano.

- ¿Merecía la pena poner en peligro tu vida sólo para entrevistarme? – repite con la voz rasgada. Su figura parece aún más siniestra.

- T-tenía… tenía que hacerlo. Vengo desde España con el objetivo de entrevistar a Batman, el hombre murciélago que ha convertido las calles de Gotham en algo más seguro de lo que han sido jamás. Soy reportero de Zona Negativa y… – no me permite finalizar la torpe explicación.

- Si has venido hasta aquí albergando alguna esperanza es que eres un necio – resuelve abruptamente –. ¡Márchate por donde viniste ahora que estás a tiempo! – más que una advertencia, me suena a amenaza – En caso contrario, no respondo de tu seguridad.

- ¡Permíteme al menos…! – no he llegado tan lejos como para huir ahora con el rabo entre las piernas.

- Estás muy lejos de todo aquello que te es familiar – se vuelve rodeado por su manto que asemeja una sombra viva -. Desanda tus pasos y no mires atrás – finaliza. Antes de que pueda reaccionar, escuchó un sonido que no reconozco. Un cable sale proyectado a gran velocidad hacia el cielo azabache –. Esta ciudad no es tu responsabilidad. No sabes nada de ella. Tampoco de mí. La urbe es la puerta del infierno y yo soy su guardián – tras pronunciar estas palabras, se eleva sobre mí como un dios inmortal de la antigüedad.

Y ahí me quedo yo, con cara de panoli y las piernas temblando por la experiencia.

Recojo la bolsa que, con tanto jaleo, ha caído al suelo y, antes de marcharme a todo correr en busca de un taxi que me lleve de regreso a la seguridad del hotel, tengo tiempo de lanzar una última mirada a la luna.

Frente al disco de plata, la imagen del guardián, mitad hombre, mitad animal, como un ser mitológico salido de las páginas omitidas por la Historia, se deja sentir como una mancha negra, visible sobre cualquiera de las calles circundantes, puede que desde otros puntos más alejados de la decadente ciudad. Junto a él, un muchacho, apenas poco más que un niño, me observa y parece sonreír.

Gotham está maldita y su único protector soporta su propia maldición, pero aún queda esperanza en la sonrisa de un niño al que no han conseguido arrancar toda la inocencia.

Hecha esta reflexión, tomo el primer taxi que veo con la firme intención de no volver a pisar jamás estas calles infectas. Al final, me convierto en otra de esas personas que prefieren echar la vista a un lado.

Comienza a llover.

Comentario

Iván.

Batman

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